Una botella de plástico podría tardar miles de años en descomponerse / Foto vía greatpacificgarbagepatch.com

Por Eligio ‘Coquí’ Zavala

Personalmente, odio las bolsas plásticas con pasión. Estoy rotundamente opuesto a su uso. Las veo agarradas a los árboles al salir de mi apartamento en la mañana. Vuelan a mi alrededor en camino al trabajo. Entiendo que la primera bolsa plástica que recuerdo haber botado hace más de 20 años aún existe y estoy casi seguro que me paso por el lado en el expreso los otros días. Pero más que todo, me frustra que no he podido dejar de usarlas. Y no es que no lo intente diariamente, todo lo contrario…

Cualquiera podría pensar que dejar de usar bolsas plásticas conlleva sólo tomar una decisión de dejar de cogerlas. Fácil en teoría, díficil en práctica. Claro, es fácil decirle a la cajera que no la necesito cuando compro una bolsa de ‘papitas’ en la gasolinera. Pero solo basta con vacilar 2 segundos antes de rechazar la bolsa y ya los Doritos están dentro de la bolsa. Para la persona detrás de la caja meter todo lo que pasa por sus manos en bolsas se vuelve un movimiento repetido un millar de veces. Periódico… bolsa… litro de leche… bolsa… dulces… bolsa… Y no es lo mismo rechazar la bolsa antes que rechazar la bolsa después de que el cajero tan diligentemente ha empaquetado tu bolsa de ‘papitas’ en una bolsa, sin importar cuan redundante te parezca salir con una bolsa en una bolsa. En el supermercado hago lo posible por llevarme las bolsas reusables que he adquirido con el tiempo pero nadie es perfecto y el día que se me quedan es como si me regalaran basura con mi compra. ‘Six-pack’… bolsa… bolsa… vegetales… bolsa… bolsa…. carne… bolsa… bolsa…. frutas… bolsa… bolsa… bolsa… ¡Por Dios! Por cierto, ¿de que vale hacerlas tan delicadas si hay que usarlas de dos en dos?

Recuerdo las primeras bolsas reusables que compre para cargar la compra. Las vendían en el supermercado mismo y fueron puestas en una bolsa plástica al momento de pagar junto con el resto de los productos y en doble bolsa. En otra ocasión al comprar una batería para mi carro le amarraron una bolsa a la batería quizás para identificarla en la travesía del counter hasta la puerta de salida del establecimiento, alrededor de 10 pasos de distancia. Al menos no la metieron dentro de la bolsa plástica. Prefiero desconocer el motivo de atar la bolsa a la batería al absurdo de meterla en una bolsa para luego cargarla de la misma manera con la bolsa alrededor. Por lo menos en las librerías simplemente me llevo mi libro con el recibo entre sus páginas y le dejo la bolsa plástica. Quizás por su posición en un epicentro de información los cajeros en estos establecimientos parecen tomar mi decisión menos sorpresivamente que en otros lugares, aunque en tres segundos cabe la posibilidad de que también estén automatizados para meter los libros en una bolsa plástica.

Es por esto que he llegado a la conclusión que soltar la bolsa plástica es más que simplemente tomar una decisión para hacer las cosas de forma diferente. Es acabar con un mal hábito. Algo que no es fácil para nadie y para mucha gente imposible. Complicado aún más por dos razones. En primer lugar el daño que hace la bolsa de plástico es difícil de medir y segundo, la alternativa no parece, para muchos, que caiga dentro de los parámetros de lo que estamos dispuestos a sacrificar.

En cuanto a la primera razón veamos el efecto de la bolsa plástica en el medio ambiente. Si termina en un vertedero municipal, esta sólo compone un 2% del contenido de nuestros vertederos y visto desde ese punto parecería insignificante. Pero un 2% es un mundo considerando que las bolsas son sólo uno de los miles de tipos de basura que llegan a nuestros vertederos. Estas además son para todos los efectos eternas pues los polímeros que las componen no se degradan más allá de terminar siendo pequeñas moléculas de plástico que tienen efectos negativos al ser ingeridos en altas concentraciones. Además, ya no existe lugar en Puerto Rico donde no la encontremos ensuciando el paisaje. De llegar al mar sus efectos son más nefastos. Estás son llevadas por las corrientes a lugares remotos donde muchas corrientes convergen y crean grandes áreas de basura flotante. Un ejemplo de esto es la gran mancha de basura en el oceano pácifico (“Great Pacific Garbage Patch”) donde una mancha de basura dos veces el tamaño de Texas y compuesta en un 80% de plástico continua creciendo.

Pero aún ahí, dentro de ‘el giro’, su ataque es sigiloso pues la gran mancha de basura es casi imperceptible ya que se compone de párticulas de plástico que se quedan en la superficie del agua y superan en concentración al “zooplankton”. Esto ocurre porque el plástico se fototodegrada. La fotodegradación permite que el plástico se deshaga hasta quedar en forma de moléculas de polímeros de plástico sueltos. Para aquellos que recuerdan su clase de química, estas moléculas de polímeros crean una capa en la superficie que funciona como un solvente que saca impurezas normalmente disueltas en el agua de mar. Esto tiene el efecto de multiplicar el problema pues ambos, los polímeros y las impurezas atraídas a la superficie por el efecto de solvencia, son consumidas por los microorganismos (zooplankton) que son de los primeros eslabones de la cadena alimenticia. Recuerde, usted es necesariamente parte de esta cadena hasta que inventen una manera de vivir sin comer. Piénselo de esta manera: Un zooplankton come algunos polímeros de plástico y las impurezas concentradas en esta capa, un krill come muchos zooplankton, un pez pequeño come mucho krill, un pez más grande come muchos peces pequeños y nosotros nos comemos el pez grande que comío muchos peces pequeños, que comió mucho krill que comió mucho zooplankton que se comió los polímeros de plástico con las impurezas. Tengo hambre.

La gráfica muestra como la basura (en puntos amarillos) que entra al mar desde las costas que dan al Pacífico es atrapada por el giro ("the gyre"). En su recorrido, la basura se concentra y eventualmente termina en uno de los dos vórtices que muestra la gráfica. Como consecuencia, en estas áreas, el agua de la superficie contiene seis veces más plastico que la biomasa de plankton (pesada en seco).

En segundo plano nos queda el hecho de que la alternativa parecería algo que el puertorriqueño no está dispuesto a soportar. Es decir, no es cuestión de ahora volver a las bolsas de papel. Estas tampoco resultan muy saludables para el medio ambiente. La alternativa es que la gente traiga al mercado… super o no… su propia bolsa para cargar lo que compra. Obviamente esto no es una idea nueva. Las bolsas de papel llevan alrededor de 150 años con nosotros desde que Francis Wolle inventó una máquina para producirlas en 1852. Las de plástico tienen sólo 30 años. Más interesante aún, es que la bolsa es hasta cierto punto un facilitador que utilizan las tiendas para que uno pueda comprar más. Indudablemente, Francis Wolle inventa la máquina de reproducirla porque en su momento existía un mercado para venderle al comercio una bolsa desechable. Fué tremenda idea. Nunca más estaríamos limitados por nuestras manos. Siempre habrian más bolsas esperando mercancía y más ventas para los comercios que las utilizaban. El resultado al fin y al cabo fue crear una muleta que hoy en día pensamos indispensable. Aún más, muchos las defienden férreamente pues entienden que al darles un segundo uso eliminan su impacto. La clásica justficación es que les sirve para recoger los desperdicios de sus animales o como zafacon alterno. Aún admitiendo que el reuso es mejor que simplemente botarla no basta sino examinar el razonamiento para encontrar que aún así la bolsa es un desperdicio díficil de defender. No existe perro cuya defecación amerite el uso de una bolsa del tamaño de una bolsa de supermercado, excepto quizás “Cool” quién me consta dejaba montañas de material imposible de explicar aún para un labrador de su tamaño. Difícil pensar que quien le da este uso espere a llenarla para entonces desecharla. En el caso del “kitty litter”, reusarlas es quizás más meritorio pero una vez más, existen productos dedicados a este uso, y algunos de ellos están comenzando a despertar en cuanto a su responsabilidad con el ambiente. En cuanto a usarlas como bolsa de basura o para guardar pinceles, brochas, etc., la realidad es que la bolsa plástica es el fácil… Todo lo resuelve… En vez de ser cuidadosos con nuestros espacios, tener las cosas en su sitio, es más fácil usar una bolsa plástica como el ungúento que todo lo cura. Tómese el tiempo de pensar la situación y probablemente hay una mejor solución a la alternativa de simplemente meterlo en una bolsa plástica. Y en cuanto al argumento de que no hace diferencia pues aún usamos bolsas plásticas para botar la basura, hay un refrán que dice que dos negativos no hacen un positivo. La bolsa plástica es un buen primer frente para lidear con los problemas que nos acechan pues son sólo un efecto secundario de la acción de comprar en nuestra sociedad. Podemos comprar sin ellas. Nunca he oído a nadie decir que fue a hacer compras porque necesitaba más bolsas desechables para la porquería del perro.

Soluciones

Hay muchas cosas que podemos hacer para solucionar el problema. La primera es intentar minimizar su uso. Evítelas en tanto les sea posible. Usted probablemente tiene bolsas que puede reusar y que se encuentran olvidadas en una esquina. Sáquele el polvo a aquel bolso de canvas que tiene tirado en la esquina. Exija a su supermercado que agilise el uso de bolsas reusables. Un descuento por usar las bolsas reusables en el supermercado es una posibilidad. Para el supermercado sería una manera de solidificar su base de clientes pues una vez el cliente reciba un descuento por su uso seguirá regresando. También está el beneficio añadido de que ese gasto se va eliminando. ¿Cuánto gasta su supermercado en bolsas desechables anualmente? Probablemente más de lo que le pagan a muchos de sus empleados. Otros lugares del mundo han comenzado a cargar $0.35 por bolsa en la forma de un impuesto para disuadir su uso y financiar el gasto de lidear con los problemas que estas causan. Esta es la manera más retrograda de lidear con el asunto pero en lugares como Irlanda ha funcionado. Los irlandeses siempre pensaron que la bolsa desechable sería imposible de eliminar porque la idiosincracia del irlandés no lo permitiría. Hoy en día la historia es otra pues han logrado bajar sus números sustancialmente. Este es un buen ejemplo para los que hablan de la idiosincracia del puertorriqueño. No olvidemos el reciclaje. La bolsa plástica es curiosamente difícil de reciclar pues no se puede pasar por el sistema regular donde se reciclan otros plásticos de botellas o envases. El hecho de ser bolsas hace que se enreden en las máquinas en grandes números y las tranquen. En San Francisco, una ciudad que ha sido en su mayoría exitosa en cuanto a reciclaje se refiere, aún botan la bolsa al vertedero pues necesitarían de un sistema independiente para reciclar las bolsas plásticas lo cual no es financieramente posible o viable. Esto no descarta que se exija a las compañías que las proveen tan alegremente tomen responsabilidad y faciliten su reciclaje o reuso. Hasta el día de hoy, esto no ha ocurrido.

En fin, en algún momento tendremos que comenzar a tomar decisiones realmente importantes para que Puerto Rico mantenga su esplendor y terminar con la bolsa desechable puede ser un buen proyecto para ver donde estamos parados. China, uno de los mayores productores de las bolsas, está en el proceso de prohibir la entrega gratis de bolsas desechables en las tiendas chinas. El sur de Australia las ha eliminado por completo y en sólo seis meses se estima que 200 millones de bolsas no han llegado a sus vertederos. Curiosamente en el sur de Australia esto ha causado un real impacto en la mentalidad de los australianos, que le han dado en promedio un 8.4 de 10 al liderazgo de la región por la iniciativa. Si ellos pueden hacerlo porque nosotros no. ¿La idiosincracia del puertorriqueño? ¿Nuestro gobierno es más inepto que los demás?

Pues yo soy puertorriqueño, usted probablemente lo es también y nuestro gobierno está compuesto de puertorriqueños. Levántese mañana y decida hacer el intento. No tiene que lograrlo de la primera (yo no he podido aún eliminarla de mi vida, pero lo intento con esmero) pero el primer paso es aceptar que tenemos un problema.

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El autor ‘Coquí’ Zavala es egresado de la Universidad de Cornell, trabaja como gerente de proyectos en la práctica privada y detesta enfáticamente las bolsas plásticas.