Por Gloribel Delgado Esquilín
Miprv.com
Parecería ficción, pero es real. La costa boricua es el punto de encuentro de tantas necesidades y males sociales: la conservación ambiental, la violencia, el bajo mundo, la pobreza. Y como para la muestra un botón basta, les contamos esta historia, que para nada es un cuento de camino.
Ocurrió en la madrugada del miércoles, cuando el agente Cristóbal Ramos, de la zona de Dorado, nos llamó para ver un tinglar que acababa de llegar a la costa.
Eran las 12:30 a.m. cuando arrancamos para allá, tres amantes de la naturaleza, Amarilys García, Manolo Ramos y Mi Puerto Rico Verde. Llevábamos días esperando esa llamada. No había tiempo que perder.
-¿Cuánto tiempo tenemos para llegar a la playa?, le pregunté al policía, experto en avistar tinglares en la zona.
-De 45 minutos a una hora… todo depende del tiempo que tarde la tortuga en escoger dónde poner sus huevos, me contestó.
Una vez el tinglar escoge dónde desovar los huevos, se toma una media hora ó 45 minutos en hacer el nido, taparlo y regresar al agua.
El reloj corría y había que darse prisa. De Trujillo Alto, donde vivo, a Dorado hay unas 25 millas que atravesar, y a una velocidad promedio de 55 a 60 millas, se llega en menos de una hora. Pero a veces pasa, que cuando más prisa tienes, ocurre de todo: no encuentras las llaves, no tienes gasolina suficiente o te pierdes de camino, !y llegas al pueblo equivocado!
Batallando con todas las eventualidades de último momento, llegamos a la playa cinco minutos tarde y el tinglar ya se había ido.
Pero el viaje no fue en vano. Lo que cuento aquí son los relatos que nos hicieron dos agentes de la Policía que llevan años transitando una de las costas más peligrosas de Dorado y que curiosamente, coincide con uno de los lugares favoritos de anidaje del tinglar .
A eso de la 1:35 a.m.
Encontramos a dos patrullas de la Policía al borde de una carretera entre Toa Baja y Dorado que colinda con el mar. Los policías acababan de presenciar el anidaje de una tortuga y nos llevaron al nido para ver el rastro que dejó.
Con una linterna potente, el agente Ramos nos mostró el camino por la arena. El hueco era monumental. A sólo pasos de la orilla, la tortuga había hecho un hueco de unos siete a nueve pies de diámetro, que en unos 50 ó 60 días será el punto de arranque de decenas de tortuguitas de camino al mar.
Amarilys, voluntaria del Sierra Club y encargada de dar charlas sobre el tinglar en las escuelas del país, se puso nerviosa con la linterna del agente, y tan pronto pudo le preguntó.
-¿Usted utiliza la linterna cuando llega el tinglar? ¿Eso le afecta?, le preguntó pausada, pero firme.
-No, cuando ellas llegan no se les puede alumbrar, porque las desorienta y regresan al mar sin dejar sus huevos, le contestó el policía al asegurar que lo hacía, porque el tinglar ya se había ido.
El agente explicó que mientras la tortuga está desovando es el único momento cuando se le puede tomar fotos o alumbrar con linternas, porque justamente el animal entra en ‘trance’. Antes, cualquier luz que le alumbre, la puede molestar.
Amarilys respiró tranquila.
Por esta zona matan gente
El segundo agente asignado al área, Eduardo Meléndez, se nos acercó silencioso. Llevaba un arma automática, que parecía una escopeta. Nos explicó que era un arma especial y nos dijo un nombre raro, que no recuerdo. Lo que no olvidé fue la sensación de escalofrío que sentí cuando nos explicó que “aquí hay que andar así.. porque por esta zona matan gente. Por aquí tiran cadáveres todo el tiempo”.
Los policías comenzaron a relatar diferentes episodios de cargamentos de droga y arrestos de indocumentados que llenaron la noche de un ambiente denso. Según explicaron, esta costa de Dorado es una de las más frecuentadas por sujetos del bajo mundo.
Y justamente por allí es que sale el tinglar. Mientras los cuentos siniestros de matanzas, drogas y arrestos llenaban la conversación, el agente Ramos divisó huellas de tortugas recién nacidas en un nido ubicado en una pequeña duna de arena. Nos llevó al lugar y nos mostró unas marcas diminutas y tres cascarones recién rotos. Posiblemente habían regresado al mar hacía unas horas.
La basura que trae el río
Volvimos a mirar a la orilla, cruzando los dedos de que saldría otro tinglar. Pero no. Lo único que vimos fue un enorme resplandor blanco, que al alumbrarlo con la linterna descubrimos que se trataba de una nevera vieja que trajo la marea.
-De seguro bajó por algunos de los ríos, dijeron los agentes, al señalar al área recreativa Ojo del Buey, cercano al Río La Plata o al Río Bayamón, que desembocan cerca de esa playa.
-Aquí llega de todo. La basura está por todas partes, aseguraron.
Y era evidente, al mirar la arena se podía encontrar todo tipo de artículos plásticos, latas y botellas.
Animados ante nuestras ganas de ver tortugas los policías nos invitaron a visitar otra playa cercana, donde identificaron unos 12 nidos de tinglar, algunos marcados con palos y cintas, otros completamente camuflajeados por la arena.
-Para nosotros es un error que los marquen así (el Departamento de Recursos Naturales), dijo preocupado Ramos, al asegurar que este protocolo podría facilitarle el trabajo a los ladrones que buscan huevos. Mientras lo dijo aprovechó para inspeccionar los nidos más lejanos de la playa.
El agente Meléndez se quedó con nosotros y nos contó su experiencia con la flora y fauna del lugar.
Muchos privilegios con la Naturaleza
Meléndez explicó que gracias a sus patrullajes en la costa ha visto otras tortugas en peligro de extinción, como son el peje blanco y el carey. “Incluso aquí ayudamos a rescatar a dos manatíes (Aramaná y Tuque)”, dijo entusiasmado, mientras sacaba su celular y mostraba fotos de los animales. “Nosotros hemos tenido muchos privilegios con la Naturaleza”, aseguró sonriente.
El tiempo pasó volando y luego de una hora no apareció ningún tinglar. Los relatos de falta de fondos para proteger la costa, arrestos a indocumentados, matanzas en negocios cercanos, cargamentos millonarios de coca se intercalaban con relatos detallados protegiendo al tinglar.
“En una ocasión encontramos un tinglar boca arriba que lo iban a matar. Tuvimos que buscar a cinco personas para poder virarlo. Lo escuchabas desesperado tratando de virarse con las aletas y no podía”, contó Ramos.
Ya era hora de regresar, pero Meléndez no dejaba de enseñarnos fotos en su celular. Nos mostró una imagen de un búho entre la vegetación playera y una imagen suya besando un tinglar. Se le veía feliz. Ramos sonreía mientras nos mostraba fotos de otros agentes posando junto a tortugas.
Nos despedimos y suplicamos que nos llamaran otra noche, si divisaban tinglares.
-Es que una cosa lleva a la otra, se despidió Meléndez, cuando caminábamos de vuelta a los carros.
-¿Qué usted dice, no le entendí?, le pregunté.
-El tinglar nos lleva al narco y el narco a la trata, dijo, mientras escuchaba detenidada su aseveración. Y repitió: “Todo se conecta. El tinglar al narco y el narco a la trata”.
Era triste lo que decía, pero era real. La costa era el punto de encuentro de tantos temas urgentes. Tenía 30 minutos de camino a casa para procesarlo y un nuevo punto que añadirle a la ardua tarea de conservar especies en Puerto Rico.



















Me encata esta historia y de verdad me ayudara con la feria cientifica Q VIVA LOS TINGLARES!!!!!!!!!!
:):):)
TODO LO QUE DIOS NSTRO PADRE A CREADO ASIDO MARAVILLOSO,PERO EL TINGLAR EN LO PERSONAL ES INCREIBLEMENTE MARAVILLOSO! PROTEGAMOS EL TINGLAR♥