
Puerto Rico, vista al sur desde Jayuya / Foto por José Oquendo via Flickr
No es suficiente
por Carmelo Ruiz Marrero
A lo largo de una década, he ofrecido un sinnúmero de charlas y entrevistas de prensa sobre el tema de la biotecnología transgénica y presentaciones de mi libro Balada Transgénica en decenas de municipios —desde Rincón hasta Vieques— ante variadísimas audiencias: desde grupos religiosos, ambientalistas, comunitarios, independentistas, estudiantiles y mercados agrícolas hasta universidades y gremios profesionales. Por experiencia puedo decir que no es difícil apasionar a la gente con el tema de los alimentos transgénicos. A pesar de toda la publicidad y la propaganda corporativa, la gente percibe en su intuición más íntima que algo anda mal con lo que comemos, y se niegan a ser consumidores pasivos (de comida y de propaganda): ante la situación, quieren hacer algo.
Pero noto con creciente preocupación y molestia que, a menudo, en los intercambios e interacciones con las audiencias, la discusión se desvía hacia una vertiente apolítica e individualista: ¿cómo comer sano?, ¿cómo evitar los transgénicos en la dieta y promover estilos de vida ecológicos y dietas naturistas?
Pero mi intención con esta labor educativa siempre ha sido llevar la discusión sobre el sistema agroalimentario en la dirección opuesta, hacia lo político: adelantar la soberanía alimentaria; luchar contra las compañías de pesticidas y transgénicos y los megadetallistas; visualizar un modelo distinto de sociedad, basado en una economía ecológica, descentralizada y orientada hacia lo local; integrar la lucha contra los transgénicos en las otras luchas ya existentes —en pro de la ecología; por el karso y el Corredor Ecológico del Noreste; los derechos de la mujer trabajadora; las reivindicaciones sindicales y obreras; las comunidades amenazadas por el desahucio; por el derecho humano al agua, la vivienda, el trabajo, la salud y la educación; contra la privatización de nuestras playas, nuestros recursos naturales y nuestros servicios públicos; contra la violencia machista, la homofobia, el prejuicio xenofóbico y la brutalidad policial; y contra el colonialismo en todas sus formas.
Cuando nos obsesionamos con los cambios en la dieta y en los estilos de vida, convertimos la problemática de los transgénicos y el agro orgánico en una cuestión meramente individual, sin contenido social. Se convierte todo entonces en un capricho de riquitos, que gozan de estilos de vida fabulosos y tienen el dinero para comprar lechuga orgánica a $10 la libra y líneas exclusivas de productos libres de transgénicos a precios de elite.
No es que comer sano no sea importante. Pero los cambios en el estilo de vida nunca sustituirán la acción política y social ni la lucha consecuente por cambios en los sistemas político y económico. Lolita Lebrón, “Che” Guevara, Salvador Allende, Pedro Albizu Campos, Filiberto Ojeda, Martin Luther King, Jr., todos tuvieron algo en común: el imperio se ensañó contra ellos. ¿Creen ustedes que a las agencias represivas y de inteligencia les importaba un bledo lo que ellos comían? ¿Creen ustedes que su dieta fue lo que los hizo peligrosos para el sistema? Lo que los hizo peligrosos fue su compromiso inquebrantable contra la opresión y su afán de darnos un mundo más justo; eso es lo que les costó la cárcel y la persecución.
La libertad de nuestros prisioneros políticos, desde los nacionalistas de 1979 hasta Carlos Alberto Torres; la liberación de Culebra y Vieques; la victoria contra la minería en la cordillera central; y tantas reivindicaciones obreras, feministas, comunitarias y ambientales dentro y fuera de nuestro país a lo largo de las últimas décadas y los últimos siglos, nada de esto se logró cambiando estilos de vida privados, sino saliendo a la calle, protestando, descalabrando la cotidianeidad conformista con acciones revolucionarias, arriesgando cárcel y peor. Lo mismo con las luchas de hoy: contra la pena de muerte; por la zona kársica; por mantener nuestras playas, como la Poza del Obispo, en Arecibo, y Ocean Park, como patrimonio público accesible al pueblo; por evitar el desalojo de comunidades como Villas del Sol, la Boca de Barceloneta y las comunidades G8 del caño Martín Peña; por poner fin a las detestables medidas neoliberales impuestas por ambos partidos coloniales; y, por supuesto, para poner fin a la siembra de transgénicos y al uso de agrotóxicos en nuestro territorio nacional. Todos estos triunfos se lograrán solo en la medida en que salgamos de nuestras casas a organizar y a protestar.
Porque es un chiste malo que estemos hablando de evitar los transgénicos en nuestra dieta y, a la vez, permitamos que corporaciones transnacionales de biotecnología, con el apoyo del gobierno federal y de sus sátrapas coloniales, siembren impunemente cultivos transgénicos experimentales y comerciales en nuestros mejores llanos agrícolas, inclusive en terrenos de la Universidad de Puerto Rico.
Porque es un chiste malo que nos obsesionemos con tener una dieta “natural” y tener un estilo de vida “naturista” y, a la vez, nos crucemos de brazos ante el torrente de agrotóxicos que llegan a nuestros muelles; las toneladas y toneladas de barriles de insecticida, herbicida y otros “cidas” que se riegan en la mayoría de nuestras fincas y, también, en patios residenciales, derechos de paso, etc. Envenenan no solo nuestra producción agrícola, que con tanto orgullo patrocinamos por tratarse de productos hechos en Puerto Rico, sino también el aire que respiramos y el agua que bebemos. Estos venenos están vinculados con el cáncer y con enfermedades neurodegenerativas, como las enfermedades de Parkinson y Alzheimer. ¿Qué familia puertorriqueña no ha sido tocada por estas enfermedades?
No es suficiente establecer más y más fincas orgánicas en nuestro país si no combatimos los horrores tóxicos del agronegocio industrial. Hay algo verdaderamente siniestro e injusto en la idea de reglamentar y certificar la producción orgánica, mientras los productores convencionales siguen haciendo lo que les da la gana, sin enfrentar oposición alguna.
En resumidas cuentas, no basta con ser un consumidor consciente y ecológico. No es el consumo lo que debemos revolucionar, sino la producción, y eso solo se logra mediante el activismo político y la movilización social.
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Ruiz Marrero, autor de “Balada Transgénica“, es periodista y educador ambiental, y dirige el Proyecto de Bioseguridad de Puerto Rico. Su página web Haciendo Punto en otro Blog está dedicada a perspectivas ecologistas y progresistas sobre temas de interés local y global, inclusive la biotecnología, la globalización y el desarrollo sostenible.
Imagen de Puerto Rico por José Oquendo













